poemas

octubre 27, 2010

BIOGRAFÍA DE UNA METAMORFOSIS

Nos llevaban de feria,

antes,

cuando nos amaban.

De colores los pañuelos

algodón dulce de rosas,

el tiovivo y los buñuelos.

Éramos niñas.

¿Quién fui?

Llegó inocente la guerra del amor

rara batalla de intimidad,

sigilosa, dura y dulce maternidad.

Éramos doncellas.

¿Qué soy?

Mordimos la arena del circo para seguir,

rubias gladiadoras para algún castrado león.

Y no quisimos ser mariposa,

que vuela esclava de la luz.

No quisimos ser sólo luna,

sólo ubre,

sólo matriz.

Altivas,

tristes y airadas,

regalamos besos como gangas.

Bellas,

alegres y locas,

regamos patios y magnolias

de cósmicas utopías.

Sin comprender el mecanismo,

construimos artefactos.

Sin conocer la geografía

levantamos puentes entre orillas.

Éramos otra mujer.

Brillo de sonrisas y espadas en la oscuridad.

Metamorfosis antes de morir:

pasear juntas y solas por la claridad.

 

 

IDOLOS

 

 

Los ídolos te miran y

siempre mienten.

Un soplo divino limpia

el barro de sus zapatos,

les alisa el rostro

el viento y la lluvia.

Donde ojos hubo

solo el hueco queda,

donde apretados labios,

un montículo de arena.

En años de bienes

andan por las calles

con fingida naturalidad,

beben cerveza,

se hacen fotografiar,

sufren curas de obesidad.

En años de guerra,

vestidos de audacia

cambian sus símbolos

y no saben de  luz altanera.

Pero sólo las nubes son más firmes.

No dejes que los ídolos

en tu fugacidad humana se complazcan

y en los humildes jardines

de tu afecto

construyan sus mansiones.

Ellos, para ser eternos

tendrán que escribirse

a salvo de tu pobre historia.

No existe la ingravidez

para ningún hombre,

para ninguna estatua.

LECCIÓN DE ETICA PARA POETAS INCAUTAS

 

Los poetas de moda proclamaban:

aunque las cocinas y las camas sean ciertas,

la poesía ha de ser simbólica.

Aunque algunos besos tengan brío,

los sueños son oscuras lunas.

Aunque las lágrimas sean un río,

duermen las canciones de cuna.

Al César sus batallas y tributos,

al Amor sus fingimientos

y alguna estratégica dedicatoria.

Las poetas incautas querían hablar

de otras dudas,

de  otra verdad.

POETAS INÉDITAS

 

Arte de temblar es la poesía,

y tú tiemblas la vida de los días.

Ignoras que el poema te habita.

¡Escríbete las manos y palpita!

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Chicas

octubre 19, 2010

CHICAS

 

Gozo de un cierto prestigio adivinatorio entre mis amigas. Algunas lo llaman “sabiduría útil”, otras “pequeña metafísica”. Sea cual fuere el nombre que ellas le han dado,  nunca he sido, lo lamento, una escuchadora pasiva o abizcochada, con lo reconfortante que es para muchas personas desahogarse y encontrar a alguien que adopte el gesto de un psicólogo o psiquiatra sentado en un sillón tomando notas  al lado del paciente que tumbado en un diván vomita todas las papillas con grumos que su madre no diluyó con diligencia y eficacia. Pero yo nunca he servido para tal fin. Cuando mis amigas me hablan de su estado de ánimo o me hacen confidencias yo, sin darme cuenta, las interrumpo con preguntas aparentemente absurdas que las descentra momentáneamente en su relato pero después comprenden mi lógica. Mientras ellas hablan yo voy elaborando una especie de mapa, una cartografía de su narración. Y cuando han terminado en ese monólogo tan propio de los que estamos desahogándonos, yo les devuelvo su relato ampliado, ubicado en otras calles con otras luces y otras sombras, con caminos intransitados hacia su obsesión: posibilidades desde otras perspectivas. Y lo hago así porque, inconscientemente, cuando yo he sido la escuchada  hubo alguien que fue así como más me ayudó a tomar decisiones o a pensar en mis obsesiones con algún punto de fuga. Ni siquiera lo hago de un modo consciente, simplemente soy así y ellas lo han  aceptado y con el tiempo ya se han acostumbrado y juntas acabamos riéndonos de nuestras tragedias y suspiramos aliviadas  al compartir desde el fracaso de algunos hijos, las traiciones maritales, el sobrepeso, hasta la irrupción imprevista de un amor maduro. Eso sí, hay una especie de regla de oro implícita y a la que nadie alude porque se da por sobrentendida. En nuestros monólogos puede haber locura, frustración, melancolía e incluso autoengaño pero nunca insinceridad. Nuestra amistad es como una especie de hermandad basada en el hecho de padecer dolencias y ruindades parecidas. A veces ha llegado alguna nueva amiga, advenediza en esta rara comuna y ha acabado huyendo porque lo que deseaba era encontrar  un grupo de personas en el que frivolizar, o elevar su autoestima a costa de deslegitimar a otras y sin pagar ni un euro a un terapeuta que para eso están.

Me asombra la importancia que adquiere en nuestras conversaciones el tema del amor, la pareja, los amantes, o su cruel ausencia. Este tema siempre ha gozado de una importancia altanera pero últimamente, y no me preguntéis la razón, yo estoy perdiendo mis poderes adivinatorios, mi capacidad de predicción, o es que me estoy alejando cada vez más del mundo o tal vez es la maldita crisis que se extiende por el aire como un virus infectando hasta los viejos argumentos que sostenían mi pequeña metafísica.

Tengo amigas de todas las edades: muy jóvenes, mucho mayores que yo y las hay también de mi edad.  Sin embargo fue el mes pasado, en la cita que tuve con mi joven amiga Marta, en la que me di cuenta de la progresiva pérdida de mi capacidad vaticinadora.

Marta tiene treinta y ocho años y unos ojos tan grandes y vivos que se beben de un sorbo la vida y toda mi pequeña metafísica. Es delgada, ágil y bastante inteligente. Vive sola en un apartamento en el centro de Madrid y trabaja en un consulting financiero. Como todas nosotras lee poesía y le gusta el cine. Marta no tiene pareja y, aunque lleva toda su juventud intentándolo, no lo consigue. No tiene ningún problema para entablar amistad con los hombres ni tampoco para ligar, ella es lo que llamamos  “una chica mona”. Sin embrago sus relaciones con los hombres son mas cortas que las estaciones del año o eso dice ella: “Me duran un invierno, una primavera, o un verano, pero nada más, chica”.

Su bebida favorita es el gin-tonic. “Me presta una elocuencia que no tengo”, añade como para justificar que no será esa su única consumición. Nos habíamos citado en una terraza al aire libre tras varios meses sin vernos. Ella con su vaso alto en la mano y con una prisa evidente por despejar la incógnita de su ecuación no resuelta me dijo con precipitación y como si escupiera la pregunta:

–         Oye, ¿qué pasa con los hombres? Todos con los que me encuentro, y no son pocos, o son unos mentirosos o son unos infieles por naturaleza.

Yo que no necesitaba antes ningún gin-tonic para abordar cualquier tema con una cierta elocuencia, me quedé unos instantes callada, buscaba y buscaba las palabras pero no acudían a mi boca. Finalmente, algo aturdida continué:

–         Depende, Marta…depende.

–         Depende ¿de qué?

–         Depende de cada hombre. No puedes generalizar ¿no crees?

–         ¿Cómo que no puedo generalizar? Entonces ¿qué hago con mi experiencia? ¿no cuenta?  He tenido cuatro amantes en dos años: tres de ellos estaban casados y con hijos ( o sea infieles) y otro era recién separado y estaba haciendo trabajo de campo con varias mujeres al mismo tiempo como para inmunizarse de un futuro fracaso.

–         No sé- dije yo balbuceando, signo inequívoco de la pérdida de mi sabiduría-. Búscate  hombres solteros o separados o viudos…- añadí entre risas que querían ocultar mi falta de argumentos.

–         ¡Ah, sí claro! Y ¿Dónde están? Te aseguro que es como si se los hubiese tragado la tierra. Voy al cine y por todas partes hay grupos de mujeres o mujeres solas. Casi ningún hombre o a lo sumo de dos en dos. Voy a tomar algo a las cafeterías y lo mismo. Voy a nadar a la piscina y lo mismo. ¿Dónde se meten? Como no sea en los estadios de fútbol…Es que no lo entiendo. – Volvió a dar un sorbo a su gin-tonic y, como si esa pausa la hubiese hecho recobrar el juicio perdido, añadió:

–         Pero ¿sabes? Cada vez me importa menos. Y si todavía me importa algo es porque yo necesito el sexo para vivir que si no…Sí, creo que soy como un imán para los hombres casados. Una amiga me dijo que las mujeres solas, con apartamento y trabajo somos muy golosas. No pierden ningún privilegio, al contrario perpetúan sus antiguos privilegios y tienen amantes sin pagarles el piso. Ahora, incluso, ni siquiera te envían flores.

Mientras ella iba desgranando su propio monólogo yo ya no podía ir cartografiando como antes su obsesión, no podía ir encontrando nuevas calles a su ciudad ignota porque mi mente a una velocidad de vértigo se estaba haciendo más preguntas que las que Marta estaba enumerando. ¿Por qué no tengo yo amigos hombres? Si tuviera más amigos hombres ahora tendría mucha más información o estadísticas aproximativas para proporcionar a Marta, ahora sabría si realmente son tan mentirosos o conocería sus razones para la infidelidad. Creo recordar que alguna vez tuve algún amigo, pero siempre acabó mal. O yo les amé más allá, o ellos me amaron más acá. Alguien decía que en la amistad entre un hombre y una mujer siempre ronda sigilosa la serpiente del erotismo. Me hubiera gustado poder deambular por la psicología masculina con la misma soltura que lo hago entre las mujeres. Eso no quiere decir que deje de intentarlo. Yo acometo cualquier empresa una y mil veces con la terquedad propia de mi estirpe, renaciendo como el ave fénix de mis cenizas.

Luego están las amigas más maduras que ya no nombran el tema y si lo hacen es con un gesto contemptus mundi como si su experiencia les hubiese dictado que hemos sido engañadas por absurdas ilusiones del amor romántico o porque ha ganado la partida la frustración aunque las hay también, que casadas o separadas, no quieren renunciar a la esperanza de que un día encontrarán al hombre con el que vencer la soledad. Ahora comprendo que Marta encuentre en el cine a grupos de mujeres, o también en la natación o en las cafeterías. Las mujeres han aprendido a cuidar sus cuerpos y su ánimo, han ocupado la vía pública y son una imagen hermosa y tierna verlas salir y entrar con sus faldas modernas o remodeladas, su bisutería actual o sus antiguos solitarios de un tiempo de amor. Tampoco creo que solo el amor de un hombre aporte plenitud a nuestras vidas. Ya he ido  comprendiendo que en el mosaico de todas las vidas  hay tiempos de infelicidad y sería sabio aceptarlo. Por supuesto no me gusta pero existe, es. Siempre hay dolor y límites y tenemos que aprender a vivir con ello. Y esto es muy difícil explicárselo a Marta que se bebe la vida con sus grandes ojos. Creo que la próxima vez que nos veamos preferiremos la risa e intentaremos no concederle mucha importancia.

Definitivamente tengo que aceptar que he perdido mis poderes adivinatorios y no se me ocurre nada que Marta pudiera hacer y sin embargo no creo que el futuro le depare peor presente del que el que gozan mis amigas entradas en edad. No obstante me pregunto si a muchos hombres- aparentemente invisibles- no les pasará lo mismo que a Marta, que no comprenden muy bien a las mujeres pero las necesitan.

20 Octubre 2010

octubre 17, 2010

Para “el rincón poético” os adjunto poemas para leer, pensar y masticar.

Jaime Gil de Biedma, “Pandémica y Celeste”: http://www.deisidro.com/literatura/pandemica.htm

W.H.Auden. “Nunca habrá paz”: http://www.letropolis.com.ar/2005/11/03_auden.htm

3o noviembre 2010

http://amediavoz.com/rilke.htm

Silencios

octubre 17, 2010

 

Los pequeños veleros, en la lejanía, parecen gaviotas lentas. Sobre una superficie plateada se ondulan bajo un cielo cubierto de nubes blancas y grises.

Por el paseo los niños juegan a pillarse, a sorprenderse. Tomo un helado y observo el cuello ajetreado de las palomas que rebuscan como experimentados vagabundos cualquier molusco muerto traído por la marea hasta la playa.

Las palmeras del paseo recién mojado por la suave lluvia del Cantábrico saludan al paso de los primeros viandantes de la tarde. Son paseantes que sacan a los niños, recogidos hasta ahora por esa nubosidad variable tan común aquí, a dar un paseo antes de la cena. Y caminan como si se tratara de la mañana: ágiles y enérgicos con rumbo  a los parques y los jardines. Algunos jóvenes desafían  las bajas temperaturas y se dirigen a la playa luciendo bañadores y biquinis: desnudez de una carne recién estrenada. También sus labios. La lluvia ha lavado los adoquines del paseo y ha dejado un ligero peso sobre las ramas de los pinos blancos que se inclinan con  nostalgia  hacia el suelo y sobre el sombrero de las estatuas. Los metales brillan y huelen a musgo los bancos de madera. Van llegando grupos de jóvenes surfistas que alcanzan la orilla del mar y en un gesto veloz ejecutan un malabarismo exacto sobre las primeras olas. Bailan sobre el agua como  peces fugitivos. De pronto unos rayos de sol iluminan la carpa circense de la playa y el paseo. Nada por aquí, nada por allá y mágicamente una paloma salta desde la estatua de Benito Pérez Galdós hasta el charco que reposa a sus pies. La paloma picotea unos granos de gramíneas invisibles, una gota dulce de nata caída de mi helado, el esqueleto de un ciempiés… Y entonces el silencio es lo que de veras significa: ausencia de otra voz. No es pena, no es soledad. Es, simplemente, ausencia de voz.

Pequeña metafísica

octubre 17, 2010

Hola, amigas y amigos. Aquí estoy en este espacio cibernético dispuesta a seguir en contacto con vosotros(a) acompañada, no podía ser de otro modo, de la literatura.

Hello world!

septiembre 18, 2010

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